30 agosto, 2012

La importancia de llamarse absurdo


Anoche soñé que desayunaba en otra ciudad,

y que ésta no dormía, que París retumbaba de risa

a las dos de la mañana y que el río se desperezaba lento

como un gato que no sabe muy bien donde está.

En el ensueño se encuentran a menudo

los días azules de los que hablan las canciones,

esas que cantan los fantasmas que te llenan con su voz

y te hacen retroceder cinco años en el tiempo.

Guárdame el secreto, por favor,

tengo adicción a los conciertos

y la verdad es que estoy dispuesta a viajar

allá donde la música me llame,

aunque tenga que tocar en la calle para pagar el viaje.

Será ligero mi equipaje,

sólo dos botellas de vino, cigarrillos y un vaso de licor,

lo que tenga, se comparte,

es mi forma de celebrar la comunión.

Merlín puede acompañarme.


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