19 mayo, 2012

El silencioso potencial de una semilla



Vivo en una maceta,

bonita pero estrecha.

Estiro mis hojas al sol,

humedezco mi tierra seca

con gotas de lluvia

que caen en primavera.

Agradezco este viento,

esta noche que no llega

pronto, y tarde se marcha.

Mis raíces en cambio

son otra historia.

Están enredadas,

constreñidas en esta maceta

que no crece conmigo,

que empobrece el oxígeno

y acumula la escarcha.

No doy flores desde hace tiempo

como un cactus seco del desierto;

pero yo no soy un cactus,

soy un miramelindo

y tengo mi tallo amarillo,

desecado por el sol.

El día menos pensado,

mis raíces romperán esta jaula

que me apresa, y una grieta

aparecerá entre la cerámica

y la pintura, que me abrirá

las puertas de mi crecimiento.

Y será como en los viejos prados,

será como en las pardas cumbres,

viviré libre y salvaje

lejos de todo molde

que me diga cómo debo ser.

Soy un miramelindo silvestre,

nací para extender mis raíces

por la tierra, nutrirme de ella

y a ella volver.

Pero hasta ese día debo crecer,

aprender a estirar las hojas

hacia un cielo que no termina,

hacia un prisma infinito

de vientos y brisas.

Hacerle cosquillas en la nariz

a un conejo, a un zorro que pase por mi lado,

dejar que aprecie la belleza de mis flores

cualquier enamorado.

Y vivir sin tiestos, agarrado a tierra firme

ofreciendo mis sueños

a cualquier transeúnte.

Que me mires, reconozcas

y pienses: eso no es un miramelindo común,

es un miramelindo silvestre.