26 junio, 2009

Venus y Venus


“Escríbeme un poema” me dijo en cierta ocasión. “Yo te escribo una canción y tú me escribes un poema”.

Accedí con una sonrisa, pensando que si existía sobre la faz de la Tierra una mujer capaz de inspirarme, era ella.


Su nombre luminoso conseguía oscurecer al mío cuando se pronunciaba en voz alta, así como su existencia iluminaba la mía.


Cabellos negros que apenas ocultaban sus hombros cuando lucían sin ataduras, ojos color caramelo, eléctricos, enmarcados por largas pestañas, piel blanca aterciopelada cubierta de lunares donde menos lo esperabas, un aura perfumado con el olor a primavera impregnado en cada centímetro de su ser: ella.


Una cascada, ahora dorada, ahora color de las hojas del otoño hasta las vértebras dorsales, ojos color castaño, miel o verdoso según la luz del día, piel nívea con lunares muy contados y en rincones muy concretos del cuerpo, un olor dulzón que envolvía a cualquiera que se encontraba demasiado cerca: yo.


Ella vestía ropas sin costuras, vaporosas, multicolores de algodón. En cambio, yo vestía de luto permanente: prendas de riguroso poliéster negro.


Ella se evadía en las clases haciendo dibujos imposibles; yo, escribiendo relatos abstractos y versos libres.


Accedí a escribirle un poema, a sabiendas de que aquello era un intercambio injusto, que ella no escribía canciones y que probablemente me transcribiría una que le gustara mucho o que tuviera un significado especial para ella, pero que no sería fruto de momentos de reflexión e inspiración.


Tenía un temperamento arrasador que contrastaba con la relativa tranquilidad con la que yo me enfrentaba al mundo, por lo que nunca hubiera tenido paciencia suficiente como para escribir algo laborioso o que requiriese una inversión de tiempo.


En apariencia tan distintas, cuando estábamos juntas resonaban nuestras risas creando una cúpula que nos envolvía protegiéndonos del mundo exterior.


Yo la adoraba como la niña que mi amiga era, como el proyecto de mujer que era, como la jovencita de diecisiete años esbelta y decidida, rebelde e inquieta que me hablaba con descaro en aquel colegio de mojigatos cristianos y a la que yo respondía con lascivia y provocación, solo para disfrutar del placer del caos y la estupefacción que erigíamos a nuestro alrededor.


Nos entreteníamos en clavarnos los colmillos en el cuello por los pasillos la una a la otra, despertando murmullos de “lesbianas” por donde pasábamos. A nosotras no nos importaba, nos lo pasábamos genial.

Una noche, confundida con la cerveza, expuesta al deseo suscitado por el alcohol, me pidió que le diera un beso.
Yo nunca había besado a una mujer, por lo que la excitación se apoderó de mí.
Me regaló su boca con determinación, y en menos de dos segundos estaba besando aquellos labios dulces y suaves. Hasta aquel momento, fue el mejor beso que me habían dado en mi vida.
Se separó de mí y se centró en permanecer callada al sentarse en la hierba del parque donde nos encontrábamos. Yo me deslicé junto a ella y comenzamos a charlar sin darle importancia al asunto.
Al despedirse de mí, volvió a besarme con urgencia, con violencia, ante la asombrada mirada de dos transeúntes que vagaban por allí.
Ella no le dio la menor importancia al hecho: estaba claro que solo estaba jugando.
Yo me marché a casa con el sabor de su boca en los labios, mezclado con el de cerveza.


Al día siguiente, recibí una carta.


Era la letra de una canción, escrita en letras plateadas sobre cartulina azul. La misma cartulina que se encuentra hoy en mi habitación, leída y releída diez, cien, mil veces en el día y en la noche.


Al comenzar el verano, se marchó al norte, no muy lejos de mi tierra natal.


Ella desapareció para siempre.


Yo nunca le escribí el poema que me pidió.

No hay comentarios: